OBJETIVO: CORDURA Y SENSATEZ

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martes 23 de junio de 2009

**EL GLADIADOR DE EL DJEM

En La antigua Cartago, dónde hoy se sitúa Túnez, cerca de la ciudad de Sfax se haya, El Djem, también conocido por los romanos como el coliseo de Thysdrus y como Ksar de la Kahena por las tribus Bererbers.
En este lugar, viví una experiencia que cambió algo en mi interior para siempre y que justifica que ose escribir. Alguien dirá, que para escribir no es necesario irse a África, pero para un mutilado literario como yo, sí que lo fue.
Me considero un mutilado literario, pues un estúpido profesor de lengua y literatura, con sus malas prácticas me dejo junto a todos los compañeros de primer curso de bachillerato elemental, completamente inutilizado, consiguiendo que la literatura me horrorizara.
Divorciado de la literatura, me formé con las fuentes de la ciencia y mis ojos no leyeron más que textos técnicos y científicos. Ni siquiera una novela, con excepción de la prensa.
No tengo estilo, mis expresiones son primarias, no domino la sintaxis ni la composición y temo que al expresarme por escrito, cometa tropelías.
Pero mi imaginación es irrefrenable, me arrastra en sus alocadas correrías, no la puedo controlar, pero como es mía, me la quedo, o mejor diría, ella se queda conmigo pues es más poderosa que yo.
Creanme si les digo que en mi visita al coliseo de El Dejem, veía realmente a los gladiadores hablar entre si en un idioma desconocido para mi, olía los aromas, sentía la populacho vibrar, a los tramoyistas trabajar y casi diría que mi presencia les entorpecía y les molestaba en su labor. Mi esposa, que ya conoce mis visiones, trataba de no interferir, pues sabe que en esos momentos no me debe interrumpir, pero siempre acaba pidiéndome con fascinación que le cuente la experiencia, siendo ella mi único y amado público ya que otras personas me ridiculizaron y me llamaron infeliz. Ellos se lo pierden.
Al finalizar la visita y de retorno al autocar, tuvimos que atravesar una larga y estrecha avenida empedrada de autentica factura romana, estratégicamente poblada a ambos lados por una marabunta de vendedores a modo de empresa unipersonal e itinerante, a cual más pesado e insistente, el bullicio era total, había una sinfonía de llamadas al turista, los había de todos los modelos y colores, pero a todos les unía el afán por ganarse la vida, lo que les honra. A ese gran bullicio y griterío, se le agregaban los producidos por dromedarios y bestias varias.
Sobresalía de entre las bestias una especie de grito en modo de auxilio, a medio camino entre el sonido de un dromedario y el de una cacatúa, que me llamó poderosamente la atención pues era insistentemente repetitivo y con una cadencia en el tiempo casi matemática. Mi curiosidad innata me dirigió hacia esa especie de llamada de socorro, abriéndome paso entre la oleada de vendedores que me perseguían y rodeaban contándome, supongo, las bonanzas de sus mercancías.
Una imagen, por fin, apareció ante mis ojos y no era una bestia, se trataba de un hombre, postrado en un tinglado de madera recubierto de viejas telas, con unas ruedecillas acopladas, emulando una silla de ruedas. Era un hombre muy joven, con ropas humildes pero inmaculadamente limpias, con graves deformaciones y limitaciones. La cabeza le colgaba manifiestamente hacia abajo y a la derecha, el brazo izquierdo lo tenía atrofiado y el resto de su cuerpo era casi amorfo. En sus prendas colgaban pequeñas bagatelas casi sin valor a modo de mercadería que sin duda alguien que le amaba y le cuidaba, le colocó.
Allí estaba él, con su reguero de limitaciones pero con la grandeza y valentía que sólo poseen los gladiadores, en desigual lucha con los demás y sin complejos. Gritando y gritando. Gritando más que nadie.
Un fuerte nudo me destrozó la garganta de emoción, una gran presión sentí en mis ojos, pues me hallaba frente a un autentico gladiador. Eclosionó salvajemente desde mi interior un acto, que transcurrido un tiempo, a mi mismo me sorprendió.
Mí cuerpo reaccionó. Ceremonialmente erguido, con una rigidez y marcialidad desconocida por mí. Lleve la palma de mi mano derecha hasta mis labios y en ella deposité un gran beso de cariño y admiración, cerré el puño, atrapando el beso con tanta fuerza, que me temblaba el puño, todo el brazo, mis hombros, el cuello y hasta la cabeza. Y con la mandíbula cerrada a modo de mordisco de rabia, desplace mi puño lentamente hasta rozar con reverencia su pecho muy cerca de su corazón y mirándole a los ojos le rendí pleitesía.
Paró de gritar por un instante, le cogí de sus prendas la más insignificante de sus baratijas, abrí mi billetera, la vacié en introduje el malvado dinero en una bolsita que colgaba de su cuello. Me vi obligado a tomar una de sus mercaderías, pues este gladiador no solicitaba limosna, si no más bien ganarse orgullosamente el pan con su lucha de cada día.
La nube de vendedores, se silenció, lo cual me hizo despertar de esa sagrada comunión con el gladiador. El silencio era tan sordo, que me asusté, pues no seria la primera vez, que saliera por piernas de algún apuro provocado por mi abstracción de la realidad y que con mis actos pudiera quebrantar alguna de las leyes-costumbres del lugar que yo desconociera. Y como ya se sabe, vale mas que digan, “aquí corrió, que aquí murió”, me aleje del gladiador que estaba acompañado de una tropa de guardianes, que me observaban con mirada extraña, pero pasados unos segundos, se escuchó de nuevo el grito de guerra del gladiador retando a nuevos contendientes. Por que a mí ya me derribó.
Y, ante lo vivido ¿que excusa tengo yo?, escudarme tras el fracaso de un profesor, o acaso tras la ignorancia de las reglas de la literatura. Pues decididamente, no, y desde aquí lanzo mi grito de guerra, siendo éste mi primer escrito que entrego al mundo en esta botella en forma de blog.

Antonio Ferrà Arlandy.
Junio 2009

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